1. La Leyenda de la Casa de las Siete Chimeneas

La Casa de las Siete Chimeneas se levanta en la plaza del Rey desde 1574, en tiempos de Felipe II. La leyenda arranca con Elena, hija de uno de los monteros del rey, los hombres que organizaban las cacerías reales. Se cuenta que el monarca le regaló la casa el día de su boda con el capitán Zapata, y que aquella generosidad levantó murmullos en la corte: se rumoreaba que Elena era su amante y que no podían casarse porque ella no pertenecía a la nobleza. El capitán partió a las guerras de Flandes y murió en la batalla de San Quintín. Poco después Elena apareció muerta en la casa, y su cuerpo desapareció antes del entierro. Desde entonces los vecinos hablaron de una figura vestida de blanco que caminaba de noche entre las chimeneas del tejado, con una antorcha en una mano y señalando con la otra hacia el Alcázar. No hacia un punto cualquiera: hacia la residencia del rey. La leyenda, contada así, es una acusación. Y aquí es donde el relato se cruza con un hallazgo real. A finales del siglo XIX, durante unas obras en el edificio, que entonces pertenecía al Banco de Castilla, aparecieron emparedados en un muro del sótano los restos óseos de una mujer junto a varias monedas de la época de Elena. Nadie ha explicado nunca ese hallazgo, y es exactamente lo que mantiene la historia viva cuatro siglos y medio después. La casa la amplió el mercader genovés Sebastián Cattaneo, que fue quien le añadió las siete chimeneas que le dan nombre.
2.El Fantasma de la Plaza Mayor: La Historia de Cirilo

Hasta 1765 la Plaza Mayor fue el escenario que la Inquisición eligió en Madrid para sus autos de fe. El más recordado se celebró el 30 de junio de 1680, reinando Carlos II, y duró un día entero: la plaza se llenó de gradas, la corte presidió desde el balcón de la Casa de la Panadería y los condenados desfilaron ante miles de personas. Aquella plaza que hoy se cruza para tomar un café fue durante siglos un lugar de ejecuciones públicas. De ese pasado nace Cirilo, al que los madrileños llaman el fantasma oficial de la Plaza Mayor. La tradición dice que fue uno de los primeros ajusticiados allí y que, tiempo después de su muerte, se demostró que era inocente de los cargos por los que lo condenaron. Esa es la clave de la historia: no es un espíritu vengativo, es alguien que sigue esperando que le devuelvan el nombre. Se dice que Cirilo se aparece a los rezagados que cruzan la plaza de madrugada, cuando ya no queda casi nadie bajo los soportales. Los relatos coinciden en que prefiere a los despistados y a quienes vuelven a casa de noche. Al margen de lo que uno crea, el dato que conviene llevar puesto al pisar la plaza es el otro: durante más de un siglo, este rectángulo elegante fue el sitio donde Madrid iba a ver morir gente. La plaza es una de las paradas del Free Tour Madrid Embrujado, que recorre de noche este tramo del casco antiguo.
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Ver los free tours →3.La Dama Blanca del Palacio de Linares

El Palacio de Linares, en la plaza de Cibeles, protagonizó el caso paranormal más famoso de la historia de España, y conviene contarlo entero porque el final no es el que la mayoría recuerda. El 29 de mayo de 1990 los informativos de todas las radios del país abrieron con unas psicofonías supuestamente grabadas dentro del palacio. En ellas se oían frases que se hicieron célebres, como "mamita, mamita, no tengo mamita". Se atribuían a Raimundita, la niña que según la leyenda fue hija de los marqueses de Linares y a la vez, por un secreto familiar, hermana del propio marqués. Quien sacó las grabaciones a la luz fue la doctora Carmen Sánchez de Castro. La expectación fue tal que el 31 de mayo más de doscientas personas entraron en el palacio a investigar. Y entonces llegó la parte que casi nadie cuenta. Varios investigadores, entre ellos Germán de Argumosa, demostraron que la voz de las cintas era la de una actriz y que las grabaciones no se habían hecho en el palacio, sino en la casa de la propia doctora. El caso se desmontó como un fraude. Lo fascinante es que no sirvió de nada. El palacio arrastró la etiqueta de lugar maldito para siempre. En 1992 lo compró el Estado y hoy es la Casa de América, se puede visitar, y la gente sigue preguntando por Raimundita. La leyenda sobrevivió a su propio desmentido, que es la mejor prueba de cómo funcionan estas historias.
4. La Cruz Verde de la Calle Segovia

Esta no es una leyenda, es historia, y es de las más duras que guarda Madrid. La plaza de la Cruz Verde está donde la calle de Segovia se encuentra con la calle de la Villa, cerca del Viaducto. Su nombre no viene de ningún crimen ni de ningún alma en pena: la cruz verde era el emblema de la Inquisición española. Era costumbre que, la víspera de un auto de fe, una cruz de madera pintada de verde encabezara la procesión hasta el lugar donde iba a celebrarse la ceremonia. El verde simbolizaba la esperanza de salvación eterna para los herejes que se reconciliaban con la Iglesia. La tradición sitúa aquí un cerrillo donde se celebraban autillos, los autos de fe menores, y cuenta que en memoria del último, ya en tiempos de Felipe II, se plantó en el lugar una gran cruz de madera pintada de verde. Esa cruz estuvo allí hasta que el tribunal del Santo Oficio desapareció en España, en 1834. En el plano de Texeira de 1656 la plaza todavía no tiene nombre; en el de Espinosa de los Monteros, de 1769, ya aparece con el que conserva hoy. Pasas por delante, ves una plaza diminuta con una fuente y no ves nada. Pero ese nombre en la placa lleva cuatrocientos años señalando el sitio donde la Inquisición montaba su escenografía antes de subir a los condenados a la Plaza Mayor.
5. El Misterio del Viaducto de la Calle Bailén

El Viaducto que une los dos lados de la calle de Bailén por encima de la calle de Segovia se inauguró en 1874 para salvar el desnivel del antiguo arroyo de San Pedro. Salva unos veintitrés metros de altura, y esa cifra explica por qué durante más de un siglo Madrid lo conoció con un apodo siniestro: el puente de los suicidas. Aquí conviene bajar el tono, porque esto no es una historia de fantasmas sino un problema real de salud pública que la ciudad tardó demasiado en atajar. En 1998 se contabilizaba una media de ocho muertes al mes desde el puente. Ese año el entonces alcalde, José María Álvarez del Manzano, ordenó instalar unas mamparas de metacrilato a lo largo de todo el pretil. Funcionaron. Desde su instalación las muertes en el viaducto se han reducido prácticamente a cero, y las mamparas se siguen manteniendo y renovando. Es uno de los pocos casos en los que una intervención urbana sencilla resolvió de golpe algo que parecía inevitable. Hoy el viaducto es sobre todo un mirador: desde allí se ven la cornisa, la catedral de la Almudena y las cúpulas del Madrid antiguo, y es uno de los mejores sitios de la ciudad para ver caer la tarde. Merece la pena cruzarlo sabiendo las dos cosas: lo que fue y lo que se hizo para que dejara de serlo.
6. El Tesoro de la Iglesia de San Ginés

La iglesia de San Ginés, en la calle del Arenal, es una de las más antiguas de Madrid. Su historia documentada empieza en 1106, cuando el arzobispo Bernardo de Cluny la consagró sobre la ribera del arroyo del Arenal, probablemente encima de una ermita mozárabe anterior. El templo que se ve hoy se consagró en 1645. Su leyenda es la de un fantasma decapitado. Cuenta la tradición que en 1353 unos ladrones entraron a saquear el templo y que un anciano intentó impedirlo. Los saqueadores lo degollaron allí mismo. Días después, según el relato, el fantasma del anciano se apareció a varios vecinos del barrio para decirles los nombres de sus asesinos. Es una leyenda de justicia, no de terror: el muerto vuelve a declarar lo que no pudo declarar en vida. Conviene aclarar algo que circula mucho por internet y que no se sostiene: no hay ninguna prueba histórica de que los templarios escondieran un tesoro en San Ginés. Es una invención repetida hasta parecer cierta. Lo que sí guarda la iglesia es mejor que cualquier tesoro imaginario. En su archivo se conservan la partida de bautismo de Francisco de Quevedo y el acta de matrimonio de Lope de Vega con su primera mujer, Isabel de Urbina. Y entre su patrimonio artístico hay obra de El Greco. El Siglo de Oro entero pasó por esta puerta.
7. El Espíritu del Monasterio de las Descalzas Reales

El monasterio de las Descalzas Reales es probablemente el edificio más desconcertante del centro de Madrid: un convento de clausura, con monjas clarisas viviendo todavía dentro, a dos minutos de la Puerta del Sol. Lo fundó en 1559 Juana de Austria, hija menor del emperador Carlos V y hermana de Felipe II. Y lo hizo en un sitio muy concreto: el palacio donde ella misma había nacido, que mandó convertir en monasterio. Juana enviudó del príncipe heredero de Portugal siendo muy joven, dejó allí a un hijo al que apenas volvería a ver, y se retiró aquí. Durante dos siglos las Descalzas fue el lugar donde ingresaban las mujeres de las casas nobles y de la propia familia real. Cada una llegaba con su dote, y esas dotes eran cuadros, tapices y orfebrería. El resultado es que detrás de esa fachada austera hay una de las colecciones de arte más valiosas de España, incluida una serie de tapices tejidos sobre cartones de Rubens, en un edificio donde la mayor parte del año no entra casi nadie. Circula por internet la historia de una monja emparedada por herejía. No hemos encontrado ninguna fuente histórica que la respalde, así que preferimos no contarla como si lo fuera. La realidad del monasterio, un palacio de nacimiento convertido en clausura por una princesa viuda, ya es bastante inquietante.
8. La Fuente de Cibeles y el Dragón Subterráneo

La fuente de Cibeles la proyectó Ventura Rodríguez y se ejecutó entre 1777 y 1782. Representa a la diosa Cibeles en su carro tirado por dos leones que, según el mito, son Hipómenes y Atalanta transformados en fieras como castigo. Y sí, hubo un dragón en Cibeles, aunque no el que suele contarse. No era un guardián mítico ni tiene nada que ver con la Reconquista, entre otras cosas porque Madrid fue tomada en 1085 y la fuente es de casi setecientos años después. El dragón fue una pieza de fontanería. En 1791 Ventura Rodríguez diseñó las figuras de un oso y un dragón, o grifo, por cuyas bocas salía el agua, para que los aguadores de la villa pudieran llenar sus cubas con más facilidad. Los talló el escultor Alfonso Giraldo y se retiraron del conjunto a finales del siglo XIX. Merece la pena pararse en ese detalle, porque explica lo que era Cibeles antes de ser un símbolo. Hasta que Madrid tuvo agua corriente, las fuentes monumentales eran infraestructura: allí trabajaban los aguadores, se hacían colas y se repartía el agua de la ciudad. La diosa presidía, pero lo que de verdad pasaba a sus pies era el abastecimiento diario de la capital.
9. El Duende del Edificio Telefónica

El edificio de Telefónica, en Gran Vía 28, se terminó en marzo de 1929. Con ochenta y ocho metros fue el primer rascacielos de Madrid y durante décadas el edificio más alto de la ciudad. Lo proyectó el arquitecto estadounidense Louis S. Weeks, y su silueta cambió para siempre el perfil del centro. Su fantasma tiene nombre: Goyito. Los relatos lo describen como la figura de un niño que aparece de vez en cuando entre las plantas nueve y trece, y al que se atribuye abrir y cerrar puertas. Quienes trabajan allí de noche son los que han alimentado la historia durante años. Conviene decir con honestidad que del origen de Goyito no hay nada documentado: no se sabe quién sería, ni cuándo, ni por qué. Es una leyenda de edificio, de las que nacen en los turnos de noche y se transmiten entre compañeros. La contamos como lo que es. Lo que sí está documentado del edificio es su papel en la Guerra Civil, y da bastante más miedo que cualquier aparición. Por ser el punto más alto del centro, la torre se convirtió en observatorio y en blanco de la artillería durante el asedio de Madrid, y desde sus plantas trabajaron los corresponsales extranjeros que contaron la guerra al mundo.
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Ver los free tours →10. La Leyenda de la Calle del Desengaño

La calle del Desengaño, en Malasaña, se llamó antes calle de los Basilios, por un convento de frailes basilios que hubo en la zona. El nombre que tiene hoy se lo dio una leyenda del siglo XVI, cuando los duelos a espada eran cosa corriente en Madrid. La historia va así. Dos espadachines de la corte, ambos italianos afincados en Madrid, se enamoraron de la misma mujer: Vespasiano Gonzaga, militar y hombre culto que había servido a Carlos V, y Jacobo de Gracia, el que sería conocido como el Caballero de Gracia y que da nombre a otra calle del centro. Incapaces de resolverlo de otra forma, quedaron a batirse aquí. En mitad del duelo apareció ella, cubierta con un velo. Uno de los dos pensó que si la abrazaba y lograba besarla delante del otro, su rival se daría por vencido. Se acercó, la atrajo hacia sí y le levantó el velo. Debajo no había rostro: había una calavera. Los dos hombres salieron corriendo convencidos de que aquello era cosa del demonio, y desde entonces la calle se llama del Desengaño. Lo interesante de esta leyenda es que es una fábula moral disfrazada de historia de miedo. El desengaño no es el de la dama: es el de dos hombres dispuestos a matarse por algo que, al levantar el velo, no estaba.
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